Textos Campo

"Campo"

La llanura pampeana, extendida como una continuación del Río de la Plata, resulta para la vista un paisaje monótono y poco atractivo, si lo comparamos con la diversidad de relieves, los bosques y lagos del sur precordillerano o la riqueza de la vegetación, los ríos y cascadas del litoral de nuestro país. Ese paisaje llano, inconmensurable, resulta un verdadero desafío para quienes lo intentan representar por medio de las artes visuales en una aproximación que se desprenda del lugar común, de la mirada sólo superficial y costumbrista.
En Campo, el ensayo que hoy presenta Gustavo Lozano, el abordaje es poco convencional. El autor lo transita con una cámara Holga, de plástico, muy elemental y parecida a las viejas cámaras de aficionado. Se ubica, de ese modo, en una posición opuesta a la del paisajista que busca acompañar su propuesta estética con un gran detalle en las texturas y una técnica fotográfica preciosista. La escasa calidad de la imagen producida por el lente, también de plástico, y la falta de cobertura en los ángulos del formato cuadrado, terminan de definir las características del tipo de imagen elegida por el autor. Las copias color de gran tamaño adquieren, de este modo, un carácter singular.
Lozano nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, donde pasó una parte de su infancia. Para él ese campo, sus caminos y los bordes de la ruta son elementos familiares. Tan familiares como los potreros llenos de cardos y abrojos en los que jugó de chico y en los que hoy encuentra imágenes en la última hora del día, con una amplia gama de colores. O los potreros, luego de la cosecha del maíz, que desmienten esa monotonía aburrida y enriquecen las texturas de la planicie y acortan la lejanía del horizonte.

Juan Travnik
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Campo Pampa
O el delgado espesor de lo real.

¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, i ver….no ver nada; porque cuanto mas hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, mas se le aleja, mas lo fascina, lo confunde, i lo sume en la contemplación de la duda? ¿Dónde termina aquel mundo que quiere, en vano, penetrar?.¡No lo sabe¡. ¿Qué hai mas allá de lo que ve? “ D. F. Sarmiento

La vista acerca la lejanía que la pampa impone; a su vez, criados en esa anchura de la visión, reparamos también en los pequeños detalles, que la tornan indescifrablemente íntima: la gradación de verdes, un árbol -que por sombra o “per belleza”-, creció en la sucesión de aterciopelados sembradíos, el repiqueteo de la cigarra en el verano. Gustavo Lozano ejecuta de ella un amplio al tiempo que detallado registro de campo, deteniéndose en lo que el apurado pasante desestima: la sucesión de cardales, a primera vista uniforme, detenido en parciales visiones nocturnas que lo tornan casi mágicamente fosforescente; y mientras surcos de terca simetría dejan entrever el horizonte, ese fardo de heno, macizo amarillo, toque de atención, más que interrumpir, acentúa el idilio del hacer del hombre con su entorno, mostrando la calma agitación con que el suelo preñado de simiente elabora sin cesar.

No hay – salvo la insuficiente “Radiografía” de Martínez Estrada, - adecuadas descripciones críticas del paisaje pampeano. Víctor Grippo –alguna vez fotógrafo- hablaba de la luz quebrada que identifica el lugar: aunando ambos y disímiles argumentos, concluiremos que la prioridad de atestiguar proviene casi exclusivamente de los artistas, y poco de los teóricos. Lozano, luminosamente, sigue ese género,
- teniendo como lejana referencia la pintura de Policastro en algunas tomas-, destacando con precisión unas veces, focalizando otras, a los silenciosos moradores que habitan la extensión, mostrando el amplio arco del cielo sobre un acotado enjambre de árboles. Otras, deliberadamente, utiliza recursos mecánicos insuficientes, para dejar hablar al paisaje.

GL memora, observa y fija: plantas arborescentes luminosas dejan filtrar el fuego último del ocaso, a veces depositado en el piso junto a un flujo de agua; esbeltos álamos que no llegan a constituirse en fronda, señorean junto a un macizo de florecillas silvestres, que detonan en color. Hay más: un elegante eucalipto sostenido por un vástago, otro doblado por el viento, un robusto tercero, que aun tronchado, erige sin embargo, de la destrucción, sus ramas al cielo. Una cosa es indudable: el amor y la calidad técnica con el que el tema es tratado, habitando aquella inmensidad, poblándola de invisibles y juguetones dioses lares, que confunden campo con pampa, esa tierra tan cercana y al mismo tiempo nebulosa. El cambiante espesor de lo real, de tan asible, se vuelve delgado al detenerlo en imágenes, y Lozano se lo apropia con gesto seguro, para volver a disolverlo en un aire casi palpable y audible.

Osvaldo Mastromauro